SEGUIREMOS LUCHANDO POR UNA EDUCACIÓN INCLUSIVA
Según Echeita y Ainscow (2001), en algunos países se piensa en la
inclusión como una modalidad de tratamiento de niños con discapacidad dentro de
un marco general de la educación. A escala internacional, sin embargo, el
término es visto de manera más amplia como una reforma que acoge y apoya la
diversidad entre todos los alumnos. Pero, una de las definiciones más
importantes sobre el concepto de educación inclusiva fue dada por el Comité de
los Derechos del Niño, que lo definió como el conjunto de valores, principios y
prácticas que tratan de lograr una educación cabal, eficaz y de calidad para
todos los alumnos, y que hacen justicia a la diversidad de las condiciones de aprendizaje
y de las necesidades, no solamente de los niños con discapacidad, sino de todos
los alumnos (Comité de Derechos
Económicos, Sociales y Culturales, 2006: párrafo 67)
En épocas pasadas, a los niños con
necesidades se les excluía de la sociedad, ya que se pensaba que estaban
poseídos, y en ocasiones se les aplicaba prácticas de exorcismo o se les tiraba
por un precipicio. También se pensaba que los niños con estas características
no podían vivir mucho tiempo. Pero todo empezó a cambiar con el papel de la
Educación en el proceso de “Hominización” de Itard (1774–1838), con el método “fisiológico” del médico
neurológico Séguin (1812–1880) que
sostenía que mediante material didáctico y actividades las personas con déficit
intelectual podían mejorar, y que influenció a María Montessori (1870-1952) a aplicar programas de forma
sistemática con los deficientes mentales elaborando materiales con bastantes
posibilidades pedagógicas.
En los Años 50 empezó la Era de la Normalización,
con asociaciones de padres de deficientes (NARC), con clases especiales en
escuelas ordinarias, con un CI no estático y con unas expectativas más
optimistas sobre las posibilidades de aprendizaje, ya que se empezó a valorar
el entorno como factor enriquecedor.
Hoy en día, en teoría, todos los alumnos
reciben una educación de calidad centrada en la atención a sus necesidades. Digo
“en teoría”, ya que todavía estamos en medio de un gran proceso para poder
alcanzar una educación inclusiva verdadera. Considero que todavía estamos en la
etapa de integración, ya que en nuestra sociedad, excluimos a las personas por
su raza, por su religión, por sus diferencias, aunque una cosa buena es que
estamos luchando para poner fin a estos prejuicios. En los centros, esta
situación se está intentando remediar con ayuda del profesorado que lucha por
el proceso de la inclusión educativa, como es el profesor tutor, el profesor de
apoyo, el profesor de audición y lenguaje (AL) y el profesor de pedagogía
terapéutica (PT). Lo que se intenta conseguir es que todos los alumnos sean
aceptados con sus diferencias, que se respeten entre ellos y que aprendan los
unos de los otros. Cuando se consiga tener a todos los niños en un mismo espacio
y se atienda sus necesidades en el mismo aula con los demás compañeros, es
cuando podríamos empezar a hablar de inclusión, y no hoy en día, que se sacan
del aula a los niños con necesidades, o aun peor, les enviamos a centros de
educación especial, en vez de situar estos edificios en los mismos centro ordinarios, para que de esta manera se
relacionan también con la realidad y no viven fuera de ella (FEVAS entrevista a Mel Aiscow). Aunque
debo reconocer, que estemos dando grandes avances, como concienciar a las
personas de esta necesidad y de que mediante la diversidad aprendemos mucho más
y nos enriquecemos como personas, todavía falta apreciar a los alumnos por lo
que son y sacar a relucir sus virtudes, ya que uno puede ser malo en lengua
pero buenísimo en plástica, y eso hay que valorarlo, y no despreciarlo
valorando solo al que es inteligente en legua, ya que ser inteligente es
también saber desenvolverse en la vida, teniendo valores afectivos y sociales.
Y debemos tener muy presente que las notas no son lo más importante, y que estas
no demuestran que un niño sea inteligente o que no vaya a fracasar en la vida. Por
tanto, tenemos que tener muy presentes las inteligencias múltiples.
La educación inclusiva no es incompatible
con la educación de calidad, sino todo lo contrario, se esta luchando por una
educación inclusiva para que sea de calidad, ya que si nos ajustamos a las
necesidades de nuestros alumnos es entonces cuando ellos van a aprender de
verdad. Para hacer una escuela más participativa deberíamos implicar también a los
alumnos, dándoles papeles como el rol de profesor al mejor de la clase para que
este ayude al resto de sus compañeros y estos puedan hacerle preguntas con
confianza, o el rol de “ amigo del profesores “ para que ayuden a los
profesores con lo que estos necesiten, o que ellos mismos hagan reuniones y nos
hagan propuestas de aprendizaje y mejora.
El concepto de necesidades educativas
especiales centra su atención en las ayudas que son necesarias proporcionar al
alumno para optimizar su proceso de desarrollo. Desde esta perspectiva, la
responsabilidad de la escuela es decisiva, puesto que tiene que asumir el
compromiso de desarrollar nuevas líneas de actuación y enfoques metodológicos
propiciadores de cambios en los procedimientos de enseñanza. Así pues, la
acción educativa tendrá un doble objetivo: favorecer el desarrollo integral de
la persona y darle los medios para alcanzar su integración en el entorno.
Objetivos que se reflejarán en un curriculum abierto y flexible que comprenda
lo que se les enseña a los alumnos y por qué, la forma en que se realiza y el
modo en que se observa su progreso (Hegarty,
1990; Hegarty y Pokington, 1989; Hegarty, Hodgson y Clunies-Ross, 1988; Arnaiz,
Illán, 1988, 1991; González Manjón, 1993).
Una de las herramientas fundamentales de
las que los centros disponen para atender las características individuales y
diversas de sus alumnos, es el currículo, que según la LOGSE (1990b, art. 4.1.) es el conjunto de objetivos, métodos
pedagógicos y criterios de evaluación de cada uno de los niveles, etapas,
ciclos, grados y modalidades del sistema educativo que regulan la práctica
docente. Y que debería ser considerada como algo más que un proceso
administrativo, debiendo llevar incorporado el reconocimiento explícito y el
compromiso con un nuevo estilo de promover el cambio en educación:
participación, negociación, autonomía e implicación de la comunidad social y
del profesorado (Escudero, 1992). En
definitiva, los documentos de gestión del centro tendrían que responder a la expresión
y a la exigencia de un trasfondo político, social, cultural y económico, que
diera respuesta a la diversidad lingüística, cultural y personal de cada alumno
en particular como caracteriza a una sociedad democrática de necesidades
individuales (Booth y Ainscow, 1998).
El curriculum debe ser abierto, para
poder construirlo y mejorarlo entre todos (profesores, alumnos, padres…), y
para que los alumnos sean vistos de manera individual, con sus diferentes
entornos socioculturales, económicos y afectivos.
Para finalizar esta reflexión he elegido
una frase de Howard Gardner que me
llamó mucho la atención, ya que al leerla sentí que dice con pocas palabras lo
que yo pienso:
El diseño de mi escuela ideal del futuro se basa en dos
hipótesis: la primera es que no todo el mundo tiene los mismos intereses y
capacidades; no todos aprendemos de la misma manera. La segunda hipótesis puede
doler: es la de que en nuestros días nadie puede llegar a aprender todo lo que
hay para aprender.
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