viernes, 15 de abril de 2016

Reflexión final (Corina Petronela Gheorghes)

SEGUIREMOS LUCHANDO POR UNA EDUCACIÓN INCLUSIVA


      Según Echeita y Ainscow (2001), en algunos países se piensa en la inclusión como una modalidad de tratamiento de niños con discapacidad dentro de un marco general de la educación. A escala internacional, sin embargo, el término es visto de manera más amplia como una reforma que acoge y apoya la diversidad entre todos los alumnos. Pero, una de las definiciones más importantes sobre el concepto de educación inclusiva fue dada por el Comité de los Derechos del Niño, que lo definió como el conjunto de valores, principios y prácticas que tratan de lograr una educación cabal, eficaz y de calidad para todos los alumnos, y que hacen justicia a la diversidad de las condiciones de aprendizaje y de las necesidades, no solamente de los niños con discapacidad, sino de todos los alumnos (Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, 2006: párrafo 67)
      En épocas pasadas, a los niños con necesidades se les excluía de la sociedad, ya que se pensaba que estaban poseídos, y en ocasiones se les aplicaba prácticas de exorcismo o se les tiraba por un precipicio. También se pensaba que los niños con estas características no podían vivir mucho tiempo. Pero todo empezó a cambiar con el papel de la Educación en el proceso de “Hominización” de Itard (1774–1838), con el método “fisiológico” del médico neurológico Séguin (1812–1880) que sostenía que mediante material didáctico y actividades las personas con déficit intelectual podían mejorar, y que influenció a María Montessori (1870-1952) a aplicar programas de forma sistemática con los deficientes mentales elaborando materiales con bastantes posibilidades pedagógicas.
      En los Años 50 empezó la Era de la Normalización, con asociaciones de padres de deficientes (NARC), con clases especiales en escuelas ordinarias, con un CI no estático y con unas expectativas más optimistas sobre las posibilidades de aprendizaje, ya que se empezó a valorar el entorno como factor enriquecedor.
      Hoy en día, en teoría, todos los alumnos reciben una educación de calidad centrada en la atención a sus necesidades. Digo “en teoría”, ya que todavía estamos en medio de un gran proceso para poder alcanzar una educación inclusiva verdadera. Considero que todavía estamos en la etapa de integración, ya que en nuestra sociedad, excluimos a las personas por su raza, por su religión, por sus diferencias, aunque una cosa buena es que estamos luchando para poner fin a estos prejuicios. En los centros, esta situación se está intentando remediar con ayuda del profesorado que lucha por el proceso de la inclusión educativa, como es el profesor tutor, el profesor de apoyo, el profesor de audición y lenguaje (AL) y el profesor de pedagogía terapéutica (PT). Lo que se intenta conseguir es que todos los alumnos sean aceptados con sus diferencias, que se respeten entre ellos y que aprendan los unos de los otros. Cuando se consiga tener a todos los niños en un mismo espacio y se atienda sus necesidades en el mismo aula con los demás compañeros, es cuando podríamos empezar a hablar de inclusión, y no hoy en día, que se sacan del aula a los niños con necesidades, o aun peor, les enviamos a centros de educación especial, en vez de situar estos edificios en los mismos  centro ordinarios, para que de esta manera se relacionan también con la realidad y no viven fuera de ella (FEVAS entrevista a Mel Aiscow). Aunque debo reconocer, que estemos dando grandes avances, como concienciar a las personas de esta necesidad y de que mediante la diversidad aprendemos mucho más y nos enriquecemos como personas, todavía falta apreciar a los alumnos por lo que son y sacar a relucir sus virtudes, ya que uno puede ser malo en lengua pero buenísimo en plástica, y eso hay que valorarlo, y no despreciarlo valorando solo al que es inteligente en legua, ya que ser inteligente es también saber desenvolverse en la vida, teniendo valores afectivos y sociales. Y debemos tener muy presente que las notas no son lo más importante, y que estas no demuestran que un niño sea inteligente o que no vaya a fracasar en la vida. Por tanto, tenemos que tener muy presentes las inteligencias múltiples.
      La educación inclusiva no es incompatible con la educación de calidad, sino todo lo contrario, se esta luchando por una educación inclusiva para que sea de calidad, ya que si nos ajustamos a las necesidades de nuestros alumnos es entonces cuando ellos van a aprender de verdad. Para hacer una escuela más participativa deberíamos implicar también a los alumnos, dándoles papeles como el rol de profesor al mejor de la clase para que este ayude al resto de sus compañeros y estos puedan hacerle preguntas con confianza, o el rol de “ amigo del profesores “ para que ayuden a los profesores con lo que estos necesiten, o que ellos mismos hagan reuniones y nos hagan propuestas de aprendizaje y mejora.
      El concepto de necesidades educativas especiales centra su atención en las ayudas que son necesarias proporcionar al alumno para optimizar su proceso de desarrollo. Desde esta perspectiva, la responsabilidad de la escuela es decisiva, puesto que tiene que asumir el compromiso de desarrollar nuevas líneas de actuación y enfoques metodológicos propiciadores de cambios en los procedimientos de enseñanza. Así pues, la acción educativa tendrá un doble objetivo: favorecer el desarrollo integral de la persona y darle los medios para alcanzar su integración en el entorno. Objetivos que se reflejarán en un curriculum abierto y flexible que comprenda lo que se les enseña a los alumnos y por qué, la forma en que se realiza y el modo en que se observa su progreso (Hegarty, 1990; Hegarty y Pokington, 1989; Hegarty, Hodgson y Clunies-Ross, 1988; Arnaiz, Illán, 1988, 1991; González Manjón, 1993).
      Una de las herramientas fundamentales de las que los centros disponen para atender las características individuales y diversas de sus alumnos, es el currículo,  que según la LOGSE (1990b, art. 4.1.) es el conjunto de objetivos, métodos pedagógicos y criterios de evaluación de cada uno de los niveles, etapas, ciclos, grados y modalidades del sistema educativo que regulan la práctica docente. Y que debería ser considerada como algo más que un proceso administrativo, debiendo llevar incorporado el reconocimiento explícito y el compromiso con un nuevo estilo de promover el cambio en educación: participación, negociación, autonomía e implicación de la comunidad social y del profesorado (Escudero, 1992). En definitiva, los documentos de gestión del centro tendrían que responder a la expresión y a la exigencia de un trasfondo político, social, cultural y económico, que diera respuesta a la diversidad lingüística, cultural y personal de cada alumno en particular como caracteriza a una sociedad democrática de necesidades individuales (Booth y Ainscow, 1998). El curriculum debe ser abierto, para poder construirlo y mejorarlo entre todos (profesores, alumnos, padres…), y para que los alumnos sean vistos de manera individual, con sus diferentes entornos socioculturales, económicos y afectivos.
      Para finalizar esta reflexión he elegido una frase de Howard Gardner que me llamó mucho la atención, ya que al leerla sentí que dice con pocas palabras lo que yo pienso:

El diseño de mi escuela ideal del futuro se basa en dos hipótesis: la primera es que no todo el mundo tiene los mismos intereses y capacidades; no todos aprendemos de la misma manera. La segunda hipótesis puede doler: es la de que en nuestros días nadie puede llegar a aprender todo lo que hay para aprender.

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